Entre la muerte y la
vida: historias de viaje, no es lo que vemos sino lo que somos
“A esto
me dedico”
Su cuerpo
era una completa invitación a pecar
Invocaba
la gula, quería mordisquear su espalda.
De pronto
en un movimiento certero y discreto,
estábamos
conversando sin hacerlo realmente
nuestras
miradas eran una insinuación constante.
Él creyó
anotar un gol cuando dije sí a la respuesta de
¿te
acompaño? La realidad es que era yo quien ya lo había hecho…y de media
distancia.
Crónicas
de Tlacochahuayork (Dalia Antonio)
Estaba viendo una entrevista que le
hicieron a Isabel Allende y me llamó mucho la atención su comentario sobre la
columna que tenía en la revista Paula cuando aún vivía en Chile. Ella dijo que
las mayores críticas, y los más aguerridos comentarios opositores a ésta,
venían de otras mujeres. Total que iba a empezar a escribir sobre eso y sobre algo
que descubrí en un tipo de terapia conocida como constelaciones. Sin embargo,
se me ocurrió hacer una pregunta a propósito de la celebración que se acerca
(los muertos) y cuando empecé a escuchar las respuestas entendí que tenía que
escribir sobre otra cosa.
Creo
que el papel que juega la mujer en la sociedad está basado en el engaño. Hay
una pretensión de fingir cosas, aún no estoy esgrimiendo ningún tipo de
categoría moral. Sólo estoy describiendo un hecho. Es decir, nuestra sociedad,
en general, finge, pero como una especie de creación, como un arte. Algo
ilusoriamente bello y tejido con mucho detenimiento y suspiros. La muerte y la
manera de festejarla es un claro ejemplo. Es un pretexto, no sólo para recordar
a los que han partido sino para festejar la vida. El mole y sus muchos
ingredientes son una fiesta per sé. Los mercados son una manta policroma. Los
olores a guayaba e incienso son una caricia a la nariz. En fin, amo esas
sensaciones que me despiertan los mercados oaxaqueños en esta época del año:
fiesta de muertos o de “los fieles difuntos.”
Es
verdad, hay mucho de solemnidad en esta fiesta pero también hay mucho de
ordinario, que no es malo, es sólo tomarse las cosas ligeras, como los niños.
Mis primitos amaban los primeros días de noviembre porque podían quemar
cohetes. Si el abuelo venía por su chocolate o su mole era algo completamente
sin importancia. A mis 8 años, mis hermanas y primas estábamos más concentradas
en robarnos las naranjas y manzanas (prohibido comerlas hasta en tanto no se
fueran los difuntos) que en comprender la nostalgia de la Tía Luz que recordaba
a su hermano entre copa y copa. Total, podemos encontrar en esta fiesta a los
muertos, muchos eufemismos para festejar a la vida. Esta dualidad refleja muy
bien este engaño del que hablaba: las mujeres son duales, las mujeres son la
muerte y la vida. Son una cosa y al mismo tiempo otra cosa completamente
distinta: una constante contradicción y al mismo tiempo un complemento y una mezcla
perfectamente homogénea.
¿Cuál
es el la pregunta qué les hice a algunas personas?: ¿cuándo piensas en la
muerte piensas en una mujer o en un hombre? ¿Y cuándo piensas en la vida?
(pregunta complementaria) Muchos coincidieron en que pensaban en una mujer o en
el género femenino pero también hubo respuestas como “sólo pienso en la muerte
y ya” “mmm no, pienso en algo neutro”, pero curiosamente nadie me contestó que
pensaba en el género masculino. Es verdad, no construí una base de datos con rigor metodológico ni corrí
una regresión, es más, muchos podrán decir que pregunté una obviedad. Sólo quiero ilustrar un punto: ¿por qué si en
ideario de nuestras comunidades conceptos tan fuertes como muerte o vida se
relacionan con las mujeres, con la
tierra, con la naturaleza, con la semilla, con LA, no se reflejan en una
importancia sustancial para las mujeres en la cotidianeidad?
Es
más, si las mujeres son las dadoras de la vida ¿por qué se les ha satanizado
acusándolas de Evas? O bien, ¿de Coyolxauhqui?
Ésta última es
representada “como una mujer
desmembrada, ya que su hermano Huitzilopochtli la descuartizó y arrojó su cabeza al
cielo, pues ella y sus otros hermanos planeaban matar a su madre Coatlicue”.
Más
allá de su papel antagónico en la historia, las mujeres también han jugado muchos otros papeles. La Diosa
suprema de la cultura Azteca era eso, una Diosa y no un Dios. “Cōātlicuē, madre
de Huitzilopochtli, diosa terrestre de la vida y la muerte, también recibía los
nombres de Tonāntzin”. Para los griegos, “las Morias, controlaban el metafórico
hilo de la vida de cada mortal desde el nacimiento hasta la muerte (y más
allá). Incluso los dioses temían a las Moiras. Zeus también estaba sujeto a su
poder, admitió una vez la sacerdotisa pitia de Delfos”. ¿En qué momento
perdimos este estatus? ¿O nunca lo hemos tenido realmente? ¿O acaso no lo hemos
perdido? Cuando pienso en la campaña publicitaria de Ana María Olabuenaga, en
la propia Isabel Allende, o en Aristegui, me digo, la verdad hay miles que nos
sentimos Diosas. También, nos sentimos Ángeles Caídos y a veces mariposas. La
verdad es que los estatus no me parecen sanos socialmente, pero el papel que juegan
muchas mujeres en estos momentos es tan triste, que uno añora este tipo de
“glorias pasadas” o presentes.
Robert
Graves escribió: “El hombre hace, la mujer es”. Coincido completamente con Graves, la mujer
ES, no finge ser dual, es dual, no finge un engaño, es un engaño, como sostuve
al inicio de este texto. Fingir no es malo es parte del juego, de la creación y
de la supervivencia. No hablo de un engaño vulgar y común, hablo de un papel
profundamente bello y complejo de la mujer. Una dualidad que nos permite ayudar
a “dar la vida” (porque no lo hacemos solas) y que nos da el inmenso poder de
quitarla. Pero muchas mujeres han decidido enfocar mal este poder, se han
autocastigado y están muertas, aunque vivan, están
muertas en vida.
Creo que la libertad está en
nuestro corazón, en la templanza de nuestro espíritu y en la apertura de
nuestra mente. Somos Diosas, así lo ha configurado la historia y debemos asumir
ese papel. Nadie no los regala, la vida nos lo presenta.
La muerte es una mujer que baila y transforma,
que engaña y si te dejas seducir, te atrapa. Como menciona Arturo Schopenhauer: “por consiguiente, en ti, preguntón insensato, que desconoces tu propia esencia y te
pareces a la hoja en el árbol
cuando, marchitándose en otoño pensando en que se ha de caer, se lamenta y
[...] dice gimiendo: “No iré yo, serán otras hojas.” ¡Ah, hoja insensata!
¿Adónde quieres ir, pues, y de dónde podrían venir las otras hojas? ¿Dónde está
esa nada, cuyo abismo temes?
Creo
que nosotras representamos ese papel vital y al mismo tiempo mortal, pero a
veces somos como esas hojas que temen ser arrastradas por el viento otoñal. O
sea, nosotras mismas “nos metemos el pie”. Nosotras tenemos el privilegio de “engañar”
para crear y transformar, pero muchas veces nos auto engañamos, o lo que es
peor: fingimos que pensamos que nos engañan.
Ese
tipo de engaño sí mata y lo hace lentamente. Este es el tipo de engaño que las
instituciones sociales han fomentado y las mujeres han comprado. Pero debemos aventurarnos e ir en busca de
nuevas etiquetas, es más, poner nuestra propia tienda. No debemos temer una
parte de lo que somos, la muerte no es la parte negativa de nuestra dualidad,
de hecho puede ser la mejor parte. Es decir, la parte que la sociedad ha
etiquetado como “pecado” o irreverencia desmedida, puede ser nuestra mejor creación, ya Machado decía que “la muerte es algo que no debemos temer porque,
mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Hay
de engaños, a engaños.